Noches Largas

Las noches largas siempre saben a melancolía, levemente salado, levemente apagado. Son de luz apagada, de silencio y ojos cerrados, de brisa suave y algo de poesía. Las noches, tan largas como los desvelos, se vuelven prosa y verso en balcones y bares por igual, a 100 kilómetros por hora en una avenida desierta. A desaparecer tras la estela de las luces de la carretera. Las noches largas son largas por necesidad, porque no nos alcanza la vida y queremos tener más, porque nos cuesta dormir y tememos soñar.

Y se nos hace aborrecible todo menos el alcohol; y respiramos a través del filtro de un cigarrillo. Y miramos a la nada con tanto afán que incluso le abrazamos cuando no podemos más. Estamos malditos, malditos todos por saber que de la oscuridad nace nuestra luz. Transformamos esa extraña sensación de soledad en música para el alma. Con la desagradable sensación de que no sabemos ya qué hacer.

Esa maldita relación tóxica que tenemos con la gélida nocturnidad, que transforma nuestro dolor y nuestro displacer en sonetos, en líneas, en palabras bonitas. Se vuelve prosa y verso, y nos revuelve el universo. Y de pronto una rima te hace sonreír, para volver al comienzo. Somos poetas malditos, conscientes de nuestra condición, de vivir estando muertos.

Las noches largas, sobre todo las solitarias, me recuerdan lo vacía que es mi vida, y como no importa cuántas personas meta en ella, siempre vivo en melancolía

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Gracias por entender

“Gracias por entender” me dice. Sí, gracias por entender. Gracias por entender que de nuevo vuelve a fallar tu presencia, que de nuevo vuelves a faltar en mis días. Sí, gracias por entender que cada día importa menos aunque duela igual.

Ojalá pudieras entenderme tú, a mí, sobre todo en esta parte de seguir en tus mensajes vistos, de seguir en tu bandeja de entrada, de existir a la espera de una respuesta. Ojalá pudieras entender que vivir esto está destruyéndome, que me arde en las noches y me crea desvelo. Ojalá pudieras entender que yo ya no estoy para vivir de estas tardes desoladas, a la deriva en tu distancia. Tal vez no veas que ya no importan los kilómetros sino el silencio, que de mirada en mirada se traga el calor y solo vomita indiferencia.

Y ojalá pudieras entender, para que luego me expliques, como debo lidiar con esto. Tengo el miedo en la boca del estómago, estrangulando cada decisión racional. Tengo la esperanza en la yema de los dedos, que borra cada despedida y la transforma en una sonrisa fría. Tengo la vida arrancada entre las uñas, cuando solo quiero dejar de sentir lo que siento por ti. Y a piel viva, me duele y no lloro, me arde y no sangro, me quema y no muero. Simplemente quiero dejar de vivirte en carne y hueso.

Porque tal vez este es mi masoquismo haciéndose a la idea de que no me perteneces; sintiéndome tan vacío cuando no estás y tan perturbado cuando miro a tus ojos. Aún me pierdo en su negro fondo, a veces descubriendo que no puedo ver ni mi reflejo. Aún me pierdo en tu efímera alegría, que oculta tantas cosas que no quiero leer. No soy quien va a entenderte porque tiene miedo a descubrirse prescindible.

“Gracias por entender”. No es que lo entienda, es que no tengo otra opción, ni a esta hora, ni con este ánimo por el piso. Solo me queda quererte, porque te quiero sin esperar nada a cambio.

02

Tomo un café, como cada tarde durante los últimos 7 años. Me escondo un poco de la presión social en el trabajo, de las costumbres arraigadas en mi escape personal. Sobre la mesa descansan una copia de El Padrino y una de Juliette. Con casi 200 años y tantos o más cambios contextuales, siento muy cerca de mí a Vito, a Michael, a Delbene, a Norcieul, a Juliette y a la misma Eufrosine.

De vez en cuando ojeo en la soledad capítulos y pasajes en particulares; cuando Delbene, presa de ese soberbio altruismo intelectual se nos hace la maestra de primaria, dulce y regia, fuerte y encantadora, para explicarnos que la virginidad no es sino la más “inútil” de las virtudes. Que no es sino una carga para las marcas del alma. Adorar el concepto de lo virginal siendo el placer nuestro más preciado fin. Somos presa de nuestros deseos y ejecutores de nuestros pecados.

Dirían los sacerdotes que nos confesemos para limpiar nuestros pecados, pero Michael lo dijo en su voz cada vez más anciana, cada vez más sabia “Para qué he de confesarme si no me arrepiento de mis pecados”. Y su alma, impregnada de tal maquiavelismo maldito por la muerte, se resiente al notar esa calma de saberse impío. Tan oscuro nuestro camino al infierno como el café que bebo. Tan marcada nuestra historia que ni San Pedro nos nombrará.

Juliette, que en su afán por alcanzar dicho placer entrega sin culpa a su hermana, esa maldita niña cuyo nombre hoy ya ni nos importa, que hasta nos enseña que podemos encontrar en el deseo ajeno. ¿Y cuantas veces no me he entregado yo al onanismo por culpa del mal? ¿Cuantas veces no he saboreado el deseo de muerte al punto de desdoblarme en crímenes indescriptibles? He matado, he cortado, he disfrutado de la lágrima y la imploración, de la sangre como si de vino caro se tratara. Considero mis pensamientos la mejor representación de lo que mi alma anhela y de lo que la sociedad me castigaría.

Pero de eso nada importa. Hoy mi mayor crimen es que mi café no tiene alcohol y me he encontrado con un yo falto de escrúpulos. La gente ya no pregunta por miedo a espantarse, la gente sabe cuándo mi mente divaga en historias incontables. Saben que tengo gustos particulares, saben que disfruto de cosas que ellos repugnan, que me vanaglorio en cometer delitos morales que ellos temen. Hoy con gusto recuerdo las palabras de Vito y repito “Nunca digas todo lo que piensas”. Hoy entiendo que para los otros, lo mejor es ir enseñándoles poco a poco aquello que no pueden probar por sí mismos.

Y fuera de este pequeño espacio personal, vuelvo a ser tan abierto como lo permite la ley, como lo permiten las mentes. Verán las marcas en la piel, las manos atrapadas en sus grilletes, la sonrisa perversa de un mortal jugando a ser Dios. Afuera, a diferencia de otros, puedo decir que adoro esto y más, y alguien me mirará, sonreirá, y dejará de sentirse solo en la sociedad porque jamás te dan un manual para enfrentar esta otredad…

Samantha

Hola Samantha. Te extraño.

Hola samantha, ya van 3 meses de tu partida. Te extraño, quiero que lo sepas, y que aún me siento culpable de no tenerte conmigo. No he podido visitarte, creo que no me atrevo a lidiar con tu ausencia. Creo que extraño demasiado verte a los ojos y sentirme presa del azul intenso enen  mirada.

Han pasado tres meses en los que no he podido dejar de pensarte. La casa sigue sintiéndose fría y solitaria. Ya no te busco en la almohada, pero te añoro en mi pecho. Ya solo te tengo a lo lejos. He visto nuestras fotos, no quiero borrarlas, no quiero dejarte ir. Lo siento Samantha, no quiero dejarte ir.

Hoy no sé qué hacer, no le encuentro salida a esta situación. Todos los días miro por la ventana y me siento solo, tan falto de aire, tan vacío de todo. Ya no cocino para nadie, ya no me dan ganas de comer. Ya van tres meses en los que quiero acabar conmigo. Ahora bebo mas que antes, y de vez en cuando me encuentro sentado bajo la luna, ahogando tanta pena en alcohol barato. Ahora solo duermo profundamente cuando el licor me hace daño

Samantha, aún me siento culpable por la distancia, por la soledad, por el ostracismo forzado. No quiero a mas nadie después de ti. Y quienes llegan, sin saber, luchan en vano con tu recuerdo. No quiero llenar tu espacio, no quiero deshacerme de tus cosas. Mirar hacia atrás es anegarme en lágrimas. Mirar hacia atrás es volver a cuestionarme los motivos. De error en error recorro nuestro tiempo juntos. De error en error sigo sin conseguir alivio.

Lo siento Samantha, que aún te quiero, que aún me haces falta, que aún sigo aquí y tú no estás conmigo. Lo siento, de verdad lo siento. No dejo de sentirme culpable y ya no sé como vivirlo.